La música popular argentina despide a uno de sus artistas más entrañables. Eduardo «Moni» Encina, referente indiscutido del chamamé misionero y figura profundamente ligada a la identidad cultural de la tierra colorada, falleció en los últimos días tras atravesar un delicado cuadro de salud. La noticia generó una profunda conmoción en Misiones, donde su nombre forma parte del paisaje afectivo de varias generaciones.
Con su partida se va mucho más que un músico. Se despide un hombre que hizo de la sencillez, el humor, la cercanía con el público y el amor por su tierra una forma de vida. Pero también queda una obra que seguirá sonando en festivales, radios, bailantas, reuniones familiares y celebraciones populares del Litoral.
Un hijo de la tierra colorada

Nacido en Posadas, a orillas del río Paraná, Moni Encina creció en un entorno atravesado por la música. Aprendió a tocar la guitarra siendo apenas un niño, guiado por su padre Mauro Encina, músico correntino radicado en Misiones. Más tarde llegaría el acordeón, instrumento que terminaría convirtiéndose en una extensión natural de su personalidad artística.
Sus primeras actuaciones fueron en actos escolares y celebraciones barriales junto a su hermano Nito. Con el tiempo comenzó un recorrido que lo transformaría en uno de los artistas populares más reconocidos de la provincia. Su estilo, profundamente ligado a la tradición chamamecera, encontró una identidad propia gracias a su carisma, su manera de contar historias y una conexión genuina con la gente.
El dueño de una canción inolvidable
Si hay una obra que inmortalizó a Moni Encina dentro del cancionero popular, esa fue Samaniego tu sombrero. La canción trascendió generaciones y fronteras provinciales para convertirse en un verdadero clásico del repertorio litoraleño. Su popularidad fue tal que el nombre de Encina quedó para siempre asociado a esa pieza que aún hoy sigue sonando en fiestas, festivales y encuentros chamameceros.
Sin embargo, reducir su trayectoria a un solo éxito sería injusto. Durante más de cuatro décadas construyó una carrera sostenida sobre el escenario, recorriendo pueblos y ciudades con la misma pasión con la que comenzó a tocar siendo un niño. Su repertorio combinó tradición, picardía, costumbrismo y una mirada profundamente popular sobre la vida cotidiana de Misiones.
Un artista querido por su pueblo
Pocas veces un músico logra trascender el reconocimiento artístico para convertirse en patrimonio afectivo de una comunidad. Moni Encina fue uno de esos casos.
Su cercanía con la gente, su humildad y su presencia permanente en festivales barriales, peñas y celebraciones populares lo transformaron en una figura querida mucho más allá del ámbito estrictamente musical. En 2009 fue declarado Ciudadano Ilustre de Posadas, un reconocimiento que reflejaba el lugar que ya ocupaba en el corazón de los misioneros.

Incluso en los momentos difíciles, la comunidad respondió con el mismo afecto que él había sembrado durante años. La solidaridad que recibió cuando sufrió el robo de su histórico acordeón o las campañas de apoyo que surgieron para mejorar sus condiciones de vida son apenas algunos ejemplos del cariño que despertaba entre sus vecinos y seguidores.
Una huella que permanece
La muerte de Moni Encina deja un vacío imposible de llenar dentro de la cultura misionera. Pero también confirma algo que sólo consiguen los artistas verdaderamente populares: la certeza de que su obra seguirá viva.
Seguirá en las radios del Litoral, en las pistas de baile, en las fiestas populares, en los festivales chamameceros y en cada acordeón que vuelva a interpretar las melodías que ayudó a convertir en parte de la memoria colectiva.
Misiones despide a uno de sus grandes referentes culturales.
La música popular argentina despide a un artista auténtico.
Y el chamamé pierde una de sus voces más queridas.
Pero Moni Encina seguirá sonando allí donde una canción sea capaz de contar la historia de un pueblo.

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