En la víspera de una nueva final del mundo, cuando la ansiedad suele transformarse en pronósticos, estadísticas y cábalas, el compositor, autor e intérprete riojano Ramiro González eligió otro camino. En un video publicado en sus redes sociales, convirtió la pasión futbolera en una reflexión sobre la identidad argentina, el trabajo colectivo y la memoria popular. Porque, para él, el partido es apenas una excusa para hablar de algo mucho más profundo.
«No me hace falta nombrar a los pibes, ni los arquetipos, ni arengar ágiles. Tengo estas dos zurdas que lo dicen todo…», comienza el recitado. No hace falta mencionar nombres. Las dos zurdas evocadas remiten inmediatamente a Diego Maradona y Lionel Messi, dos historias distintas unidas por un mismo hilo: el talento nacido desde abajo, el potrero como escuela y la capacidad de convertir la adversidad en belleza.
Lejos de cualquier relato épico construido desde el éxito, González pone el foco en el origen. «Aquí hay potrero, gambeta, caño, sombreros, rabona y un amor propio que no te perdona. Somos siempre el barrio, nos crió la calle con hambre y frío para que no falle», dice, trazando un mapa afectivo donde el fútbol aparece inseparable de la experiencia cotidiana de millones de argentinos.
El texto encuentra su mayor fuerza cuando abandona la cancha para entrar en los clubes de barrio, las familias y las comunidades que sostienen los sueños de los más chicos. «Entre rifas y peñas compramos pelota…»; «Madres y abuelas van en bicicleta para que los chicos cumplan con sus metas… Si falta, se hace feria de empanadas». En esas imágenes hay mucho más que fútbol: hay organización comunitaria, sacrificio y solidaridad, valores que también atraviesan la cultura popular.
La Selección, entonces, deja de ser un equipo para convertirse en el espejo de un pueblo. «Toda nuestra patria, gente laburante, mezcla de nativos y de inmigrantes… Somos cartoneros, somos simplemente un pueblo de obreros», afirma González, recuperando una identidad construida desde el trabajo, la diversidad y la capacidad permanente de reinventarse.
También hay lugar para la crítica social. Con una ironía tan sencilla como contundente, el autor escribe: «Jugamos contra las dificultades. Si hay resiliencia, no hay adversidades… Aquí atajamos penales sin guantes. Siempre lo patea nuestro gobernante». La metáfora futbolera se vuelve una lectura de las dificultades económicas y políticas que atraviesan la vida cotidiana de buena parte de la sociedad argentina.
A lo largo del recitado, el fútbol aparece como un lenguaje compartido para hablar de la historia de un país. «Si ponen murallas, hay pases filtrados. Tirando paredes nos hemos criado», sostiene, antes de volver al potrero: «Pelota de medias… pateando latitas en cualquier baldío florecen gambetas en el rancherío». Allí reside, quizás, el corazón del texto: en esa convicción de que la creatividad florece incluso en la escasez.
Hacia el final, González enlaza dos de las imágenes más potentes del imaginario nacional. «La mano de Dios dibuja los potreros… Les robamos la corona a los piratas. Contra la injusticia de nuestros dolores, bajamos del trono a los conquistadores». El fútbol, la historia y la memoria colectiva confluyen en un mismo relato donde la dignidad de los pueblos ocupa el centro de la escena.
En tiempos donde el resultado parece explicarlo todo, Ramiro González propone mirar un poco más abajo: hacia el barrio, el club, la familia, el trabajo y la solidaridad. Porque, gane o pierda la Selección, hay algo que permanece intacto. Ese «nosotros» que el artista riojano pone en palabras y que, desde hace mucho tiempo, también viene cantando la música popular argentina.
Ramiro González: una mirada sobre la Argentina que el fútbol apenas alcanza a explicar
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