Cada 20 de julio, la Argentina celebra el Día del Amigo. La fecha, impulsada por Enrique Ernesto Febbraro tras la llegada del hombre a la Luna en 1969, nos invita a valorar uno de los vínculos más nobles que pueden unir a las personas.
El folclore argentino también tiene una manera de celebrar esa amistad. Y, si hubiera que encontrar un rostro que la represente, muchos pensarían en Mario «Musha» Carabajal.
No porque haya sido el único hombre capaz de construir grandes amistades, sino porque hizo de la amistad una forma de vivir.
Quienes compartieron escenarios con él recuerdan al cantor. Pero quienes lo conocieron de cerca recuerdan, sobre todo, a la persona. Al hombre sencillo que recorría las peñas, que se acercaba a los camarines para saludar y que disfrutaba escuchando cantar a sus amigos, aun cuando esa noche no le tocara subir al escenario.
Era habitual verlo en Cosquín caminando por la Plaza Próspero Molina o sentado junto a su compañera de vida durante 35 años, Miriam Talone. Más que la esposa del cantor, fue el sostén cotidiano, la persona que compartió con él los momentos de alegría, los desafíos y también el difícil camino de la enfermedad. Se acompañaron mutuamente hasta el último instante y construyeron una historia basada en el amor, la lealtad y el compromiso.
Después de muchos años de compartir la vida, ambos protagonizaron un hecho que quedó para la historia de Cosquín: celebraron el recordado casamiento folclórico, una ceremonia que simbolizó públicamente el profundo vínculo que los unía y el lugar que ambos ocupaban dentro de la comunidad folclórica. Aún hoy, Miriam continúa honrando su memoria con el mismo cariño y la misma entrega que lo acompañó durante más de tres décadas.
Como cualquier persona, tenía un círculo de amistades muy cercano. Allí estaban Alito Toledo, Lucio Rojas, Néstor Garnica, el Indio Froilán y Tere, Ariel «Chaco» Andrada, Rodolfo Lucca y Manuel Orellana, Mariana Carrizo, Nelson Giménez, el Dúo Coplanacu, Juan Saavedra, además de tantos integrantes de la familia Carabajal. También compartió el camino con artistas de distintas generaciones, unidos por el respeto y el afecto mutuo.
Pero la amistad de Musha no terminaba en los músicos y bailarines.
Los periodistas especializados en folclore también encontraron siempre las puertas abiertas. Marcelo Jara, César Tapia, Marcelo Iribarne, Sergio Melgarejo, Eli Rodríguez, Federico Rossi, Mario Chiappino, como tantos otros colegas, conocieron a un Musha dispuesto a conversar sin apuros, a compartir una anécdota, a conceder una entrevista y a valorar el trabajo de quienes, desde una radio, un diario, una cámara o un portal digital, mantienen viva la difusión de nuestra música popular. Entendía que el folclore también se construye desde la comunicación y el compromiso de quienes lo cuentan.
Ese espíritu de encuentro sigue vivo en El Canto que Emerge, un proyecto nacido de su impulso y de su manera de entender el folclore. Allí no solo se reúnen voces para cantar. Se reúnen personas para compartir, encontrarse y continuar una idea que Musha sembró durante toda su vida: que la música popular es, antes que nada, una comunidad.
En ese sentido, El Canto que Emerge es mucho más que una formación artística; es la continuidad de un legado basado en la fraternidad, la solidaridad y el abrazo entre generaciones.
Hay homenajes que se organizan para recordar una trayectoria. Y hay otros que nacen del afecto. Los que recibe Mario «Musha» Carabajal pertenecen a esta última categoría.
Este año, la Marcha de los Bombos le rindió su homenaje. También lo hacen peñas, festivales y encuentros folclóricos de distintos rincones del país. No como una obligación ni como un protocolo, sino como el recuerdo sincero de quienes compartieron la vida con él. Todo indica que esos homenajes seguirán multiplicándose con el paso del tiempo, porque el cariño que supo despertar trasciende cualquier escenario.
Muchos artistas del folclore dejaron una obra inmensa y merecen el reconocimiento permanente. Musha también dejó un legado musical invaluable. Pero hay algo que lo distingue: el homenaje no se sostiene solamente por sus canciones, sino por la calidad humana de quien las cantó.
Quienes lo conocieron hablan del hombre que siempre tenía tiempo para un abrazo, una conversación, una entrevista, un consejo o un gesto solidario. Del amigo que celebraba el éxito ajeno como si fuera propio. Del cantor que entendía que el folclore no termina cuando se apagan las luces del escenario, sino que continúa en la ronda de guitarras, en la peña, en la mesa compartida y en el encuentro entre amigos.
Por eso, si el 20 de julio celebra el Día del Amigo en la Argentina, el folclore tiene un rostro para representar ese valor: el de Mario «Musha» Carabajal.
No se trata de cambiar una fecha ni de establecer un nuevo calendario. Se trata de reconocer que existen personas cuya manera de vivir deja una marca imborrable. Musha fue una de ellas.
Mientras haya una guitarra compartida, una peña abierta, un bombo que marque el ritmo de la Marcha de los Bombos o un grupo de amigos reunidos alrededor de una canción, su recuerdo seguirá presente.
Porque algunos artistas trascienden por su obra. Mario «Musha» Carabajal, además de su obra, trascendió por su forma de abrazar la vida. Hizo del folclore una gran mesa compartida, donde siempre había lugar para un amigo más.
Quizá ese sea su legado más profundo. Y, tal vez, por esa misma razón, cuando el folclore argentino piense en la amistad, siempre volverá a pronunciar su nombre.
Será por eso que el colega Sergio Castro, en uno de los homenajes, expresó:
«Mario ‘Musha’ Carabajal, el amigo de todos».
Por Carlos Lucentti.
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