Nuevas Huellas | Ana Robles

Cuando la montaña se vuelve canción

Hay quienes parten para alejarse de su tierra. Ana Robles viajó para aprender a escucharla de otra manera. La Rioja nunca dejó de habitar sus canciones, ni siquiera cuando el piano la llevó por el jazz, la música académica o las calles de Londres. En su obra, el paisaje no es un recuerdo ni un decorado: es una forma de pensar la música. Desde esa libertad creativa construyó una de las voces más personales de la canción argentina contemporánea.

La música apareció en la vida de Ana Robles mucho antes de que pudiera nombrarla. En la casa familiar, el folklore y la música clásica convivían con absoluta naturalidad. Su padre tomaba la guitarra y reunía a Ana y a su hermana para enseñarles canciones; su madre cantaba y tocaba el piano. Ella se sentaba a observar sus manos con una atención casi hipnótica hasta que empezó a reproducir aquellas melodías por intuición. Tenía apenas cinco años cuando descubrió que ese instrumento sería su primer idioma.

Aquella curiosidad infantil pronto encontró un cauce en la formación académica. Estudió en el Conservatorio Fracassi y luego en el Centro Polivalente de Arte de La Rioja. Allí aprendió el rigor de la música clásica, pero también comenzó a descubrir que las partituras podían ser un punto de partida y no un límite. Mientras estudiaba piano y percusión, algunos de sus profesores le abrieron las puertas del jazz, del cifrado americano y de nuevas formas de pensar la armonía. La intérprete empezaba, sin saberlo, a convertirse en compositora.

La adolescencia llegó acompañada por un reconocimiento temprano. Entre 1992 y 1994 obtuvo premios como instrumentista en el festival Saldán Folklore Joven, integró el grupo Huayra Hua y, con apenas diecisiete años, fue convocada para formar parte de la Orquesta de Música Popular de La Rioja, dirigida por Ramón Navarro (h) y Luis Chazarreta. Aquella experiencia le permitió comprender que la tradición no era un museo, sino un espacio vivo donde todavía era posible crear.

En 1996 se trasladó a Buenos Aires para estudiar en la Escuela de Música de Buenos Aires (EMBA). Allí profundizó en la música popular, la improvisación y la producción musical. El jazz le ofreció nuevas herramientas, pero, sobre todo, una manera distinta de pensar la libertad. Ya no le alcanzaba con interpretar la música de otros: necesitaba escribir la propia.

Junto a Pedro Aznar en la EMBA

Ese camino la llevó, en 2001, a Londres. Durante cinco años estudió Contrapunto y Música para Cine en el Morley College, compartió proyectos con músicos de la escena británica y grabó allí su primer disco, Los Duendes del Agua (2005). Paradójicamente, fue la distancia la que terminó acercándola a sus raíces. Lejos de Argentina comenzó a escribir canciones donde reaparecían el viento riojano, la tierra seca, los cerros y las memorias de la infancia. El desarraigo terminó convirtiéndose en una forma de regreso.

Desde entonces, su obra creció sin aceptar fronteras estéticas. El folklore continúa siendo su suelo, pero dialoga naturalmente con el jazz, la música académica y la canción latinoamericana. En sus composiciones no hay mezclas forzadas ni experimentación por la experimentación misma. Cada recurso armónico, cada textura y cada silencio están al servicio de la emoción y del relato.

Junto a Ramón Navarro (foto: Descalza por los caminos)

Quizá por eso resulte difícil encasillarla. Ana Robles no escribe únicamente sobre paisajes. Escribe desde ellos. El viento, la lluvia, los cerros o el agua aparecen como metáforas de los movimientos interiores, de los vínculos, de la memoria y del tiempo. La naturaleza deja de ser escenario para convertirse en protagonista.

Esa mirada también atraviesa su forma de entender la canción. En distintas entrevistas ha explicado que sus obras hablan del espíritu humano, de sus conflictos, de sus sueños y de la necesidad de seguir buscando belleza incluso en tiempos difíciles. La canción, para ella, no es un refugio para escapar de la realidad, sino una manera de habitarla con honestidad.

Su segundo álbum, Pedacitos de Sol (2014), nació precisamente de ese diálogo entre memoria y creación. Al reencontrarse con cajas llenas de fotografías, piedras, cartas y pequeños objetos de su infancia riojana, descubrió que aquellos recuerdos seguían respirando dentro de sus canciones. Más tarde llegarían Sabe el viento (2019) y el EP Luz Será (2020), obras que consolidaron una identidad artística donde conviven la delicadeza poética, el compromiso con el presente y una notable sofisticación musical.

Ese recorrido recibió importantes reconocimientos, entre ellos el Premio Ibermúsicas a la Canción Popular, la Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes y el primer premio del Concurso Iberoamericano por los cien años de Chabuca Granda con la obra Cielo y Serenata. Sin embargo, acaso uno de los mayores reconocimientos sea otro: sus canciones comenzaron a viajar en las voces de artistas como Marta Gómez, La Bruja Salguero, Nadia Larcher, Mery Murúa, Belén Mackinlay, Sofía Tosello y la Pedro Giraudo Big Band, confirmando que una buena canción siempre encuentra nuevos caminos.

Actualmente radicada en Córdoba, Ana Robles continúa componiendo, produciendo, enseñando y desarrollando nuevos proyectos creativos. Pero La Rioja sigue siendo el horizonte desde el cual mira el mundo. No porque permanezca inmóvil en el pasado, sino porque descubrió que las raíces más profundas también son capaces de viajar.

🎧 Para empezar a escucharla

Los Duendes del Agua (2005)
Su debut solista, grabado en Londres, donde el desarraigo comienza a transformarse en canción.

Pedacitos de Sol (2014)
Una obra atravesada por la memoria de la infancia riojana y la búsqueda de una identidad propia.

Sabe el viento (2019)
El disco que consolida su lenguaje: folklore, jazz, poesía y una mirada profundamente latinoamericana.

Cielo y Serenata
La composición ganadora del Concurso Iberoamericano por los cien años de Chabuca Granda, una síntesis de su sensibilidad como autora.

Malamba
Una obra de fuerte compromiso poético y social, donde la raíz folklórica dialoga con una perspectiva contemporánea.

▶️ Escuchá a Ana en las principales plataformas digitales.


¿Por qué deja una Nueva Huella?

Porque Ana Robles demuestra que la tradición no consiste en repetir las formas heredadas, sino en animarse a expandirlas. Su obra enlaza el piano clásico con la copla, el jazz con la chaya, el viaje con el regreso y la memoria con el presente. En cada canción confirma que las raíces no inmovilizan: son el punto desde donde una artista puede mirar el mundo con absoluta libertad.


Por Federico «Poni» Rossi

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