Luis Amaya: una guitarra que reinventó la guitarra

A 58 años de su muerte, Carlos Lucentti recupera la historia de Luis Fernando Amaya, el guitarrista nacido en Las Varillas y formado en Río Tercero que transformó la manera de tocar y entender la guitarra dentro del folklore argentino.

Hay días que, para quienes amamos el folklore, no son un día más.

Hoy, 18 de agosto, se cumplen 58 años de la muerte de Luis Fernando Amaya.

Tenía apenas 29 años.

Y quizás lo primero que conmueve de su historia sea justamente eso: pensar todo lo que hizo en tan poco tiempo y todo lo que todavía queda de aquella guitarra que se apagó demasiado temprano.

Luis Amaya nació en Las Varillas, pero siendo muy pequeño llegó con su familia a Río Tercero.

Y acá se formó.

Acá creció.

Acá comenzó a construir esa manera extraordinaria de entender la guitarra que, con el tiempo, iba a transformar para siempre una parte de la música folklórica argentina.

Por eso, cuando en Río Tercero hablamos de Luis Amaya, no estamos diciendo que nació acá.

Estamos diciendo algo quizás más profundo:

que Río Tercero fue parte de la formación del hombre que después se convirtió en Luis Amaya.

Y hay una anécdota que, para mí, explica maravillosamente cómo se transmiten las cosas entre los músicos.

Luis Amaya quería aprender a defenderse, a pelear si hacía falta.

Y otro personaje entra en esta historia: Corín Cabullo.

Luis le pidió que le enseñara a defenderse.

Y Corín le respondió, más o menos así:

“Yo te enseño, pero vos me enseñás a tocar la guitarra”.

Y aquel intercambio entre dos jóvenes terminó siendo un encuentro entre dos guitarras.

Porque Corín Cabullo también se convertiría en un guitarrista extraordinario.

Así se construyen muchas veces las historias de la música: alguien enseña, alguien aprende, alguien devuelve lo aprendido y, sin darse cuenta, una generación empieza a pasarle la música a la siguiente.

Pero Luis Amaya iba a llevar aquella guitarra muchísimo más lejos.

A comienzos de los años 60 formó, junto a Lalo Homer y Chito Zeballos, Tres para el Folklore.

Y aquello no fue simplemente un trío de guitarras.

Fue una manera nueva de tocar.

Una manera nueva de arreglar.

Una manera nueva de escuchar el folklore.

Eran jóvenes, virtuosos, creativos y arriesgados. Incorporaban nuevas armonías, disonancias, contratiempos y recursos que sorprendían dentro del lenguaje folklórico de aquellos años.

En 1962 llegaron a Cosquín.

Y allí ocurrió uno de esos momentos que quedan en la historia.

Tres guitarras tocando “Pájaro Campana”.

Tres guitarras que parecían conversar, perseguirse, responderse.

El público los aclamó y poco después llegó el primer disco de Tres para el Folklore, con “Pájaro Campana”, “Tren Lechero”, “Pasionaria” y “Misionera”.

Y Luis siguió creciendo.

Acompañó a grandes nombres de nuestra música.

Chito Zeballos.

Horacio Guaraní.

Marián Farías Gómez.

Mercedes Sosa.

Y en 1964 fue parte de la grabación de la Misa Criolla, de Ariel Ramírez, junto a Los Fronterizos y otros grandes músicos.

Pero hay una frase que para mí resume mejor que ninguna biografía lo que significó Luis Amaya.

En 2016, aproximadamente, tuve la oportunidad de entrevistar a Ica Novo.

Lo llamé para una nota por una efeméride folklórica y, de paso, para homenajearlo a él.

Y en aquella entrevista, cuando hablábamos de Río Tercero, Ica me dijo:

“Siempre es un placer y una obligación hablar con Río Tercero, por la gran figura de Luis Amaya, a quien yo considero que reinventó la guitarra.”

Reinventó la guitarra.

Qué palabra enorme.

Porque no dijo simplemente que tocaba bien.

No dijo que era virtuoso.

No dijo que era uno de los mejores.

Dijo que reinventó la guitarra.

Y quizás ahí esté la verdadera dimensión de Luis Amaya.

Hay músicos que interpretan una canción.

Hay músicos que hacen grandes arreglos.

Y hay músicos que consiguen que, después de ellos, un instrumento ya no pueda volver a ser exactamente el mismo.

Luis Amaya fue uno de esos.

Su vida, sin embargo, fue demasiado corta.

En 1968 una enfermedad fulminante terminó con su vida.

Tenía 29 años.

Y Río Tercero no solamente perdió a uno de sus grandes músicos.

El folklore argentino perdió una guitarra que todavía tenía muchísimo para decir.

Pero cuando un artista deja una huella verdadera, la muerte no consigue llevárselo completamente.

Porque quedan las grabaciones.

Quedan los arreglos.

Quedan los músicos que lo escucharon.

Quedan los que aprendieron de él.

Quedan las historias.

Queda la memoria.

Y queda también una ciudad que decidió ponerle su nombre a uno de sus lugares más importantes para la cultura:

el Anfiteatro Municipal Luis Amaya.

Y no es un nombre detenido en una placa.

Es un escenario.

Un lugar donde todavía hoy suben músicos, cantan, tocan y hacen que la música siga sucediendo. La Municipalidad de Río Tercero continúa utilizando oficialmente ese nombre para el anfiteatro.

Qué hermosa paradoja.

Luis Amaya se fue a los 29 años.

Pero hoy, cada vez que alguien sube a ese escenario, la música vuelve a ocupar un lugar que lleva su nombre.

Y entonces pienso que quizás la mejor manera de homenajear a un músico no sea solamente recordar cuándo nació o cuándo murió.

Sino preguntarnos:

¿qué quedó después de él?

Y de Luis Amaya quedó muchísimo.

Quedó una manera de tocar.

Quedó una manera de arreglar.

Quedó una manera de entender la guitarra.

Quedó Tres para el Folklore.

Quedó “Pájaro Campana”.

Quedó la Misa Criolla.

Quedaron sus encuentros con algunos de los nombres más grandes de nuestra música.

Quedaron sus compañeros.

Quedaron los músicos que lo siguieron escuchando.

Y quedó, también, Río Tercero.

Ese Río Tercero que no puede decir que Luis Amaya nació acá.

Pero sí puede decir, con orgullo, que acá se formó aquella guitarra que después iba a sorprender al folklore argentino.

Hoy, 18 de agosto, lo recordamos.

No solamente porque murió demasiado joven.

Lo recordamos porque hay artistas cuya vida termina, pero cuya música continúa haciendo camino.

Y quizás Ica Novo encontró la manera más precisa de decirlo.

Luis Amaya reinventó la guitarra.

Y 58 años después de su partida, esa guitarra todavía sigue sonando.

Por: Carlos Lucentti

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