El pintor, dibujante y grabador mendocino murió este 21 de septiembre, a los 97 años, en Unquillo. Su obra atravesó la literatura, la política, la memoria y la cultura popular argentina. También fue parte de aquel movimiento que, desde Mendoza, renovó la canción de raíz folklórica y tendió puentes entre músicos, poetas y artistas visuales.
Hay artistas que ilustran una época y otros que consiguen interrogarla. Carlos Alonso perteneció a los segundos.
Pintor, dibujante y grabador, nacido en Tunuyán, Mendoza, el 4 de febrero de 1929, construyó durante casi ocho décadas una obra atravesada por la literatura, la realidad social, la violencia política, el cuerpo, la memoria y las contradicciones de la Argentina. Murió este 21 de septiembre de 2026, a los 97 años, en su casa de Unquillo, Córdoba.
Su recorrido artístico comenzó muy temprano. A los 14 años ingresó a la Academia Nacional de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, donde se formó con maestros como Sergio Sergi, Francisco Bernareggi y Ramón Gómez Cornet. Más tarde, su encuentro con Lino Enea Spilimbergo en Tucumán sería decisivo para su formación.
Pero Alonso no se quedó en la búsqueda de una pintura puramente formal. Sus viajes por el país y, especialmente, su experiencia en Tucumán y Santiago del Estero lo enfrentaron con una realidad social que terminaría modificando profundamente su lenguaje. El contacto con la pobreza y la desigualdad lo llevó a asumir el arte como una forma de testimonio.
“Descubrí niños con hambre, y eso me cambió completamente el lenguaje”, recordó años después.
Desde entonces, su obra quedó atravesada por una pregunta persistente: qué puede hacer una imagen frente a la realidad que la rodea.
Entre los libros y la canción popular
Alonso desarrolló una extraordinaria relación con la literatura. En 1957 ganó el concurso convocado por Emecé para ilustrar la segunda parte de Don Quijote de la Mancha y Martín Fierro. Más tarde llegarían Romancero criollo, Antología de Juan, El juguete rabioso, Lección de anatomía y La Divina Comedia, entre otras obras.

Pero esa relación entre palabra e imagen no quedó encerrada en los libros.
En Mendoza, durante los años cincuenta y sesenta, Alonso formó parte de una intensa comunidad de artistas que cruzaba literatura, música, artes visuales y pensamiento. Allí coincidió con Armando Tejada Gómez, Oscar Matus, Tito Francia, Mercedes Sosa y otros protagonistas de la renovación de la canción popular argentina.
El Nuevo Cancionero, presentado públicamente en Mendoza en 1963, buscaba superar el costumbrismo y el pintoresquismo y pensar la canción popular como una expresión viva de la sociedad y de su tiempo. Alonso adhirió a ese movimiento desde el campo de las artes visuales.
Mercedes Sosa recordaría aquellos años como una época de encuentros permanentes. En sus recuerdos sobre la Mendoza de comienzos de los sesenta aparecen las reuniones con Carlos Alonso, Luis Quesada, Antonio Di Benedetto y otros artistas e intelectuales que formaban parte de aquel ambiente del que surgiría el Nuevo Cancionero.
La relación entre Alonso y Mercedes Sosa quedó además registrada en una de las imágenes fundamentales de la historia discográfica de la cantante: el retrato realizado por el artista mendocino para la portada de Yo no canto por cantar, editado en 1966. El disco reunía composiciones vinculadas al universo del Nuevo Cancionero y sería uno de los grandes puntos de inflexión en la carrera de Mercedes.

El vínculo con el folklore tampoco terminó allí. Horacio Guarany formó parte de aquella misma trama de artistas que renovaron la canción popular. Alonso mantuvo una amistad con él y ambos volverían a encontrarse durante el exilio del pintor. Una obra de Hamlet Lima Quintana y Enrique Llopis, Canción para Carlos Alonso, recuerda precisamente un encuentro en la casa de Guarany en Castro Urdiales, España, hacia 1978, cuando Alonso atravesaba el dolor por la desaparición de su hija Paloma.
En ese universo de cruces entre música, poesía e imagen también apareció el trabajo de Alonso en las páginas de Folklore. La revista registró algunas de sus ilustraciones vinculadas a canciones y autores fundamentales de la música popular. Entre ellas aparece El Fiero Arias, con música de Gustavo “Cuchi” Leguizamón y poesía de Manuel J. Castilla, ilustrado por Alonso. También participó de la colección Canción Estampa, que reunía poesía, música y artes visuales.

No eran trabajos aislados. Formaban parte de una época en la que las fronteras entre las distintas disciplinas artísticas parecían especialmente permeables. La canción podía dialogar con la poesía; la poesía, con la pintura; y una ilustración podía convertirse en otra forma de interpretar aquello que una obra musical estaba diciendo.
La memoria como territorio
Con el paso de los años, la obra de Alonso se volvería cada vez más política.
El golpe de Estado de 1976, la desaparición de su hija Paloma y el exilio posterior en Italia y España marcaron profundamente su producción. La violencia, el cuerpo, la ausencia y la memoria comenzaron a ocupar un lugar central en sus imágenes.
Alonso no abordó la dictadura únicamente como acontecimiento histórico. La convirtió en materia visual, en cuerpos fragmentados, en escenas de violencia, en imágenes que obligaban a mirar aquello que muchas veces se intentaba ocultar.
Su serie Manos anónimas se convirtió en una de las expresiones más contundentes de ese período. Allí el artista trabajó sobre el horror, la opresión y la deshumanización producidas por la violencia política.

“Me propuse acompañar con mis cuadros a la memoria”, había dicho.
La frase permite comprender buena parte de su trayectoria. Alonso no entendía la memoria como una mirada nostálgica hacia el pasado, sino como una forma de mantener abiertas las preguntas del presente.
El artista y sus maestros
La figura de Spilimbergo permaneció como una referencia fundamental a lo largo de toda su vida. Alonso fue su discípulo en Tucumán y, con el tiempo, aquella relación se transformó en una amistad que atravesó distintas etapas. Cuando se radicó en Unquillo, en 1981, eligió hacerlo precisamente en el lugar donde había vivido su maestro.

Desde allí continuó trabajando durante décadas.
Su producción nunca quedó detenida en un único período o lenguaje. Pintura, dibujo y grabado fueron herramientas que utilizó para observar el mundo, interrogarlo y volver sobre él una y otra vez.
En 2019, el Museo Nacional de Bellas Artes presentó Pintura y memoria, una gran retrospectiva que reunió distintas etapas de su trayectoria. En 2021 y 2022, la exposición Dante x Alonso volvió a poner en primer plano su vínculo con la literatura.
Recibió, entre otros reconocimientos, dos Premios Konex de Platino como mejor dibujante de la década, además de un Premio Konex de Dibujo, una Mención Especial a la Trayectoria de las Artes Visuales y, en 2018, el Premio Nacional a la Trayectoria Artística.
Una imagen que permanece
Hay algo particularmente significativo en mirar hoy las ilustraciones que Carlos Alonso realizó para la cultura popular argentina.
En ellas aparecen músicos, paisajes, trabajadores, personajes literarios, hombres y mujeres atravesados por su tiempo. No son imágenes decorativas. Incluso cuando acompañan una canción o un poema, parecen querer decir algo más.
Quizás por eso su relación con el folklore resulta tan importante.
Alonso no fue un folklorista en sentido estricto. Fue un artista plástico que compartió con muchos de los grandes nombres de la canción popular argentina una misma necesidad: encontrar formas nuevas para contar un país que estaba cambiando.
Su dibujo estuvo junto a la poesía de Castilla, la música de Leguizamón, la voz de Mercedes Sosa, las canciones de Guarany y las búsquedas del Nuevo Cancionero. Y también estuvo junto a Martín Fierro, Don Quijote, Dante y las imágenes más dolorosas de la historia argentina.

En todos esos territorios aparece la misma voluntad: mirar de frente.
Carlos Alonso murió este 21 de septiembre. Pero su obra queda ahí, insistiendo. En los museos, en los libros, en las tapas de los discos, en las páginas de aquellas revistas que registraron una transformación profunda de la cultura argentina y, sobre todo, en unas imágenes que todavía tienen algo para decirnos.
Porque, como escribió Alonso, el arte también puede ser una manera de acompañar a la memoria. Y algunas imágenes, cuando están hechas para no olvidar, se niegan a desaparecer.
Con gran asombro leo la partida del pintor, Carlos Alonso, ya que en mi mente ya no estaba entre nosotros. Mi hermana, la pintora Mercedes Ruibal tenía en su casa una foto con el pintor de cuando ella vivió en Buenos Aires y decía que habían sido muy amigos. Ella retornó a España en 1956-57. Estuvo en Argentina nueve años.
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